El agua (del latín "aqua") es una sustancia compuesta por un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno. A temperatura ambiente es líquida, inodora, insípida e incolora. Es considerada como el fluído fundamental para la existencia y no se conoce ninguna forma de vida que tenga lugar en ausencia completa de esta molécula.

El total del agua presente en el planeta, en todas sus formas, se denomina hidrosfera. Cubre las tres cuartas partes de la superficie de la Tierra, y se puede encontrar en sus tres estados de agregación: sólido, líquido y gaseoso. La superficie de agua sobre el planeta supera abundantemente a la continental y más del 70% corresponde a mares y océanos.

Pero esta abundancia es relativa ya que el 97,5% del total existente en el planeta es agua salada, mientras que solo el 2,5% restante es agua dulce. Del porcentaje total de agua dulce casi el 79% se encuentra en forma de hielo permanente en los hielos polares y glaciares, por lo tanto no está disponible para su uso.

Del agua dulce en estado líquido el 20% se encuentra en acuíferos de difícil acceso por el nivel de profundidad en el que se hallan, y sólo el 1% restante es agua dulce superficial de fácil acceso que forma las cañadas, arroyos, ríos, lagos y lagunas, de donde el hombre toma frecuentemente su provisión de agua.

Esto representa solo el 0,025% del agua total del planeta.

El agua dulce es un recurso finito, vital para el ser humano y esencial para el desarrollo social y económico. Sin embargo, a pesar de su importancia evidente para la vida del hombre, recién en las últimas décadas se empezó a tomar conciencia pública de su escasez y el riesgo cierto de una disminución global de las fuentes de aprovisionamiento.

Aunque existen algunas estrategias técnicamente factibles para aumentar la provisión de agua, como la desalinización de agua de mar o el transporte de grandes volúmenes por acueductos o tanqueros, es probable que, además de ser complicadas y caras, su costo ecológico y político sea demasiado alto.

AGUAS POTABLES Y AGUAS CONTAMINADAS

El agua limpia y pura que se puede beber y no hace mal a la salud se llama agua potable. Debe ser fresca y estar bien aireada, sin sustancias sólidas en suspensión, y sobre todo LIBRE DE MATERIAS ORGÁNICAS. El agua potable asegura a las poblaciones una vida sana e higiénica.

Según estudios de la ONU la necesidad básica estimada por persona es de 20 a 40 litros de agua libre de contaminantes nocivos y de patógenos por día, agua que se utilizará para beber y para el saneamiento. Esta cifra aumenta a 50 litros cuando se tiene en cuenta la necesidad de cocinar y de asearse.
El agua contaminada o agua sucia, es la que contiene impurezas orgánicas de origen vegetal, impurezas orgánicas de origen animal y humano, residuos industriales, sustancias tóxicas, etc., que modifican desfavorablemente su limpidez, olor, color y gusto.

Uruguay es la tierra amiga del agua. Si observamos el mapa, nos sorprende ver que todo el territorio está regado por muchos ríos y arroyos, además de miles de pequeñas corrientes sin denominación, manantiales y cachimbas de agua potable. Esta abundancia extraordinaria de agua constituye una de sus más preciadas riquezas naturales a preservar.

LA CALIDAD DEL AGUA

La calidad del agua es un importante parámetro que afecta a todos los aspectos de los ecosistemas y del bienestar humano, como la salud de una comunidad, el alimento que se ha de producir, las actividades económicas, y la diversidad biológica. Por consiguiente, la calidad del agua influye también sobre la pobreza humana, la riqueza y los niveles de educación.
Desde el punto de vista administrativo, la calidad del agua se define por su uso final deseado. Mientras que el agua para la recreación, la pesca, para beber y para el hábitat de organismos acuáticos requiere de altos niveles de pureza, las normas de calidad son mucho menos importantes para la producción, por ejemplo, de energía hidroeléctrica. En consecuencia, se puede definir la calidad del agua como las “características físicas, químicas y biológicas del agua necesarias para sostener los usos deseados” (CEPE, 1995). Es importante señalar que, después de ser utilizada, el agua suele regresar al sistema hidrológico, y si no es tratada, puede afectar gravemente al medio ambiente.

La calidad del agua del mundo está disminuyendo, fundamentalmente debido a las actividades humanas. El creciente aumento de la población, la rápida urbanización, el vertido de nuevos patógenos y nuevos productos químicos de las industrias y las especies invasoras son factores fundamentales que contribuyen al deterioro de la calidad del agua. Además, el cambio climático afecta y seguirá afectando dicha calidad. Por otra parte, la producción agrícola e industrial trae consigo nuevos problemas de contaminación, que se han convertido en uno de los mayores retos para los recursos hídricos en muchas partes del mundo.

La calidad del agua se puede ver afectada por vertidos orgánicos (por ejemplo, aguas cloacales), por patógenos, entre ellos virus vertidos a la corriente de desechos por los seres humanos y animales domésticos, por las aguas usadas en la agricultura y los desechos derivados de actividades humanas cargados de nutrientes (por ejemplo, nitratos y fosfatos) que dan origen a la eutrofización y a la pérdida de oxígeno en los cursos de agua. También por la salinización causada por el regadío y la desviación de las aguas, por los metales pesados, la contaminación de petróleo, los productos químicos sintéticos y persistentes de producción industrial (por ejemplo, plásticos y plaguicidas), por los residuos de medicamentos y las pseudohormonas y sus subproductos, por la contaminación radiactiva e incluso por la contaminación térmica derivada del enfriamiento industrial y de las operaciones en los embalses.

La degradación de la calidad del agua puede redundar en el deterioro del funcionamiento de los ecosistemas y dar lugar a cambios bruscos y desproporcionados. Tan pronto se rebasan determinados umbrales, el sistema puede cambiar a un estado muy diferente y sucumbir. Por ejemplo, la excesiva carga de nutrientes en los ecosistemas de agua dulce y costeros puede causar cambios repentinos y de gran envergadura, que posiblemente den lugar a la proliferación de algas y al agotamiento del oxígeno, lo que hace imposible la vida de muchas especies animales. Tanto en lo que respecta a la sostenibilidad de la calidad del agua como a las políticas de inversión y asequibilidad, la opción preferente debe ser la prevención. Las otras dos opciones son el tratamiento y la restauración. Aunque en algunos casos el tratamiento es necesario en los entornos naturales debido a la contaminación causada por influencias ambientales, por regla general el tratamiento resulta más complejo cuando se trata de resolver la contaminación causada por las actividades humanas. Por último, la restauración de la calidad del agua que se ha visto degradada suele ser costosa, y mucho más costosa que la prevención, ya que la rehabilitación de un ecosistema degradado en realidad equivale al restablecimiento del entorno natural en toda su complejidad al estado original.